Eugenia Flores de Molinillo - Para LA GACETA - Tucumán
¿Qué es lo que hace a Fitzgerald tan significativo en la literatura? No por cierto sus problemas con el alcohol y las deudas, con su esposa y la locura que terminará por recluirla en un sanatorio. Creo que la esencia del triunfo de Fitzgerald escritor está en dos aspectos de su escritura: en primer lugar, como urdidor de tramas, supo injertar en sus argumentos realistas y contemporáneos el hálito de un sentido histórico y mítico: las estrategias narrativas justas para retratar a un Gatsby simultáneamente débil y fuerte, pecador y ángel, verosímil y mítico, para convertirlo así en paradigma del sueño fundacional de su país. El otro aspecto primordial de su arte, inseparable del primero, está en el uso poético del lenguaje, en la búsqueda de un discurso que, sin dejar de "sonar" espontáneo y sin dejar de ser prosa, se enriqueciera con las propiedades de connotación que la poesía privilegia.
"Había música en la casa de mi vecino en las noches de verano. En sus jardines azules hombres y mujeres iban y venían como polillas en medio de los susurros, el champagne y las estrellas."
¿Jardines… azules? ¿Cómo pueden ser azules los jardines? Fitzgerald juega con la dulce melancolía de la palabra "blue" que, si bien no tiene aquí el significado de "triste", guarda ecos de la esquiva sangre azul que Gatsby no tiene, y remite además al lugar de origen de los tres personajes principales que rodean al protagonista. Kentucky, la tierra del "pasto azul" que se ve por las vastas y onduladas praderas que se van azulando a la distancia, como la vegetación de nuestra Aconquija. Y es que Gatsby logró comprar con dinero ese "azul" que no pudo ser suyo por el que Daisy se casó con otro.
Y está el símil riquísimo de esos invitados que se acercan a la fuente de luz, a la pródiga iluminación de la mansión de Gatsby, inquietos, nerviosos, danzantes, buscadores del oro de la diversión y el lucimiento vacuo.
Y para culminar el párrafo, la enumeración insólita que, en un trazo magistral, completa el cuadro y economiza docenas de palabras: "susurros, champagne, estrellas". Lo que se habla y lo que se bebe bajo la trascendente infinitud de un cielo estrellado, indiferente y serio ante el regocijo frívolo de los insignificantes mortales. Elementos dispares hilvanados al soplo de la imaginación.
Música amarilla
Cuando Fitzgerald escribe sobre la "música amarilla de cóctel", los ecos del color mencionado se extienden por los dorados bronces de los instrumentos de viento, por la altura solar de sus agudos, por al ámbar vertido en el cristal de tanta copa. Fitzgerald usó con alguna frecuencia el recurso que los manuales de literatura identifican como sinestesia, que consiste en describir una impresión sensorial en términos de otro de los sentidos, como cuando Gabriel García Márquez le hace decir a un personaje de El Amor en Tiempos del Cólera que la sopa sabía a ventana.
Creador del término "la era del jazz", sabía de la riqueza de asociaciones que una alusión así es capaz de provocar. Por esa época, y muy probablemente sin conocerlo, su coetáneo Conrado Nalé Roxlo le atribuía también a su grillo ya inmortal ser intérprete de una "música amarilla", en un hallazgo sinestésico que evoca un cosmos diferente por obra y gracia del contexto: la música amarilla del grillo de Nalé subraya lo vital y penetrante, lo imposible de ignorar, como los girasoles de Van Gogh.
El matiz poético con que Fitzgerald fue capaz de "vestir" a su escritura puede asociarse con ese toque de soñador que alentaba, no sólo su estilo, sino también su visión de la vida. Es famosa aquella conversación con Hemingway, a quien le comentaba que había en los ricos algo que los hacía diferentes, especiales. Hemingway, pragmático, "canchero", como diríamos en argentino básico, le respondió "sí, tienen más plata".
Esa capacidad de asombro con la que Fitzgerald atravesó los 44 años de su existencia, le dio la posibilidad de condensar en sus criaturas de papel y tinta, trazos fundamentales del espíritu de la historia de los Estados Unidos. Los críticos han encontrado en Gatsby códigos sutiles que lo hermanan con Benjamin Franklin; así como en Monroe Stahr, de El último Magnate, había códigos de Thomas Jefferson. Pero más allá de imágenes más o menos espectaculares, Fitzgerald identificó en Gatsby al sueño que propulsó el crecimiento de su país y glorificó en él la capacidad de soñar, sin dejar por ello de denunciar al mismo tiempo los errores del soñador.
Gatsby cumple su periplo vital con la obsesión de conquistar el amor de Daisy, y está convencido de que sólo con la riqueza podrá seducirla, porque ella es la riqueza, es la posición social, es la belleza. Y en esa búsqueda errada se le va la vida, así como el sueño que generó a su país se fue muriendo cuando corrió hacia las dudosas metas del materialismo deshumanizado y el hedonismo estéril.
© LA GACETA Eugenia Flores de Molinillo - Profesora de Literatura norteamericana de la UNT.
PERFIL
Francis Scott Fitzgerald nació en Minnesota, en 1896, y murió a los 44 años en Hollywood. En 1920 publicó Este lado del paraíso, primera novela que fue un boom editorial. Dos años después publicaría The Beautiful and Damned. El Gran Gatsby fue lanzada en 1925 y tuvo pocos lectores, en relación con los números de la obra de Fitzgerald, durante la vida del escritor. Se vendieron 24.000 ejemplares entre 1925 y 1940. A partir de una reedición en la década del 50, la novela lleva vendidos más de 25 millones de ejemplares y se transformó en un clásico de la literatura norteamericana. Tuvo cuatro versiones cinematográficas, en las que actores como Robert Redford y Leonardo Di Caprio encarnaron al protagonista. Este año, en los días en que se anunció el estreno de la película, El Gran Gatsby vendió más ejemplares que durante toda la vida de su autor.